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El miedo paraliza, de a un músculo a la vez. Hasta que llega a tu garganta, sientes como si tu corazón estuviese en tu cartílago cricoides. Y luego aparece ese momento, ese del que nunca te olvidas, cuando tus cuerdas vocales pronuncian el mayor pecado. “No puedo”. Es como si matara, se lleva consigo tu fuerza, tu valentía y ¿Por qué no? Hasta tu último suspiro. A lo largo de estas palabras te traigo las experiencias de quienes se animaron y lo vencieron. Uno a uno, a romper las excusas.

Miedo a estar lejos de casa

Luego de haber hecho una sencilla retrospectiva, en ese lapso de segundos parado en el aeropuerto de Culiacán, Sinaloa, Mexico. Tras mirarme en el presente, donde estaba parado, pude comprobar que los miedos son sólo barreras mentales creadas por nosotros mismos, esperando allí ser apuñaladas por nuestro valor y valentía.

Vamos a usar un segundo la imaginación. Escuchas el ruido de la cinta transportadora, ya notas el cambio de clima. Esperas tu valija, la tomas. ¿Y ahora? A cruzar la puerta. Otro país, otra cultura, tan lejos de casa. Te aterras, pero por sólo un momento. Observas una bandera y un cartel con tu nombre. Ya no estas solo, fueron por ti y estas a minutos de conocer a tu nueva familia. Quienes mueren de ganas por recibirte.

No es falso decir que dejar durante más de 6 semanas tu casa es una situación que te saca de tu zona de confort. Y asusta, muchísimo. Pero no vas solo, te encontraras con otros chicos de otros países, que como vos se animaron.

Miedo a no conocer a quien me va a alojar

Como ya les conté llegué muy asustada. Pero conocí no se si a una hermana, pero a un clon seguro. Primera noche, ¿Vamos a un bar? Me acerqué al pasillo para preguntar si me encontraba vestida acorde al lugar. No me van a creer, usábamos el mismo vestido. No pude contener las risas, ya nacía una hermosa amistad.

Asusta dejar atrás tu dormitorio, tu cama, a tu familia. Para convivir con personas que previamente no conocías, con otras costumbres y culturas. Mas reconforta de sobremanera el ver como ganas a un hermano, una madre y hasta primos. Recuerdo una frase que me marcó. “Nunca pensé que podría volverme tan cercano a una persona en tan poco tiempo”, dijo Gabriel en su última noche previa a su partida.

Miedo a no saber que hacer

El comienzo de mi viaje estuvo lleno de miedos. Miedo por no saber si lo lograría, si podría impactar en alguien, miedo a correr riesgos, de estar lejos de casa, de perderme, hasta de no saber cómo realizar mi trabajo.

Esto te lleva a tener dudas, “¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Estoy segura de esto?”. Pues ya no podía decir que no, ¡el pasaje lo tenía en mano! Me animé, y así llegué a mi destino…

Son muchas las veces que llegas a tu ONG o a tu start up, con un plan de acción en tu cabeza. Metas y objetivos que preparaste en ese tramo en el que sólo pensabas en el día de tu partida. Para encontrarte con una situación completamente diferente a la que imaginabas. Ves que las necesidades son otras. Quizás ibas a dar clases de inglés a niños, pero estos no tienen luz y no pueden ver la pizarra en la que escribes. Te orientas a soluciones, reformulas y cuando quieres darte cuenta estás generando un impacto mucho mayor a ese con el que soñabas. Te adaptaste al entorno.

Miedo a perderlo todo

Es imposible explicar con palabras lo que sentía, estaba en un país donde no conocía nada y sin un centavo. Me quería volver y dejar todo. Embarcamos el vuelo a Salvador, yo solo lloraba, super angustiada y desganada. Cuando estábamos aterrizando sentí una sensación hermosa e intente calmarme un poco. Ahí nos estaban esperando quienes serían nuestra familia las próximas semanas, super felices. Desde el momento en que llegue empece a ver mi situación de otra manera, no lograba nada estando triste, ya estaba acá, tenia que disfrutar y vivir esta experiencia.

Nuestra querida traveler perdió todos sus ahorros de un momento a otro. Creo que es una de las situaciones más angustiantes por las que te puede llegar a tocar pasar en un viaje. Tragó su miedo, como una sopa amarga. Se animó a seguir sin saber que pasaría y recibió el soporte de su nueva familia, quienes la alojaban, y de su compañera de viaje. Disfrutó de una experiencia única, superando cada una de las adversidades.

Miedo a viajar sola

Todavía, no muchas personas logran entenderlo, recuerdo lo que las personas pensaban cuando decidí irme un año entero a Estados Unidos yo sola.  O la mirada de las personas cuando digo que voy a vender todo e irme sola a “vagar” por el mundo.  Algunos hacen preguntas como: “¿Sola?, ¿No tenés miedo?, No es por sonar machista pero sos mujer ¿cómo vas a hacer para vivir?” Déjenme decirles algo, por empezar si, sonó machista. ¿Miedo? Puede ser, pero más que nada es esa sensación de incertidumbre, de ansiedad por saber que vas a conocer, como serán las personas en ese otro lugar, si me va a gustar la comida, o si estoy llevando la ropa o equipaje necesario. Pero esa es la idea de viajar después de todo, conocer, aprender de otra cultura de otras personas. ¿Sola? Si, ¿Porque no? No hay mejor manera de conocerse que saliendo al mundo sola, siempre vas a cruzarte con alguna situación desafiante, pero justamente ahí es cuando te convertís en una persona mucho más fuerte, orientada a soluciones, capaz de resolver cualquier problema.

Queda poco que agregar tras este testimonio. “¿Te animas a viajar sola? ¡Por supuesto!”.

Miedo a perderme

Mientras estaba concentrada en mis dudas acerca del lugar “turístico” escuche la voz del taxista que me decía: “Ya llegamos”. No sabía qué hacer, si bajar o no. ¿Cómo íbamos a volver después tan lejos? ¿Sería seguro? No conocíamos el lugar… Éramos tres  extranjeras en una comuna. Miré a mi izquierda y le dije al taxista: “Llévanos de vuelta por favor”.

Por error ingresó a una villa en Medellin. El miedo corría por sus venas, una búsqueda en google la sacó de su zona de confort. Esta situación podría haber arrasado con la hermosa experiencia de intercambio que estaba teniendo. Pero no fue así. Decidió no dejar el vehículo y evitar un posible conflicto. Mas el susto no la acompañó en todos sus días, aún así recorrió la ciudad que se convirtió en propia. Sacó un aprendizaje. Vio los dos polos de una ciudad donde puedes encontrarte con ventanales dorados y de la misma manera, con paredes de chapa, sin puertas ni ventanas.

Miedo a situaciones desafiantes

Me desperté asustada a las 4.00hr escuchando disparos cerca de mi casa, con mi hermana nos miramos y esos ruidos cesaron. Volvimos a dormir, pero esta vez con un nudo en la garganta y con el corazón acelerado. Ese lunes de febrero me desperté con un mensaje de mi líder de proyecto: “Hoy no pueden ir a la ONG chicos”. Lo llamé preguntando qué pasaba, por qué no podía ir a mi ONG, por qué no me permitían ir a trabajar con mis criancas. Angustiado, me dijo que era peligroso salir de casa por la situación de la ciudad.

Por días la ciudad se quedó sin policías. El terror inundó las calles en una especie de guion de “La Purga”. Tras el pasar de las horas pudo volver a su trabajo habitual. Los nenes habían notado su ausencia, pero no la situación. Ese acontecimiento no resalta en sus días, es parte de su rutina. Fue angustiante, de sobremanera. Dejó una marca de conciencia en ella. Y la llevó a dar lo mejor de si en su voluntariado, buscando alivianar la carga.

 

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