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Mi cabeza se enroscaba.
Y el agua marfil confundiendo mas aquí.

Corramos juntos, no mires atrás.
Corramos juntos, no mires atrás, hay humedad.

Toda mi vida pensé que los ojos tienen algo más que especial. Que pueden decir más que mil palabras y estos no sólo no eran la excepción. Sino que me transmitían demasiado. Aunque al comienzo no era amor, eran los más bellos y tristes que he visto.

Más de una vez me enamoré y no fue correspondido. Pero definitivamente esta historia me llegó más profundo que cualquier otra. Daban sus labios rocío y no bebí.

Hace un tiempo, ni muy largo ni muy corto, que tomé dos aviones y un colectivo. ¿Dónde iba? Londrina Brasil, a hacer mi voluntariado en un centro de adicciones. Caminé por horas entre barro rojo para conocer a un hombre de pocas palabras, o eso pensé. En él, una coraza indestructible.

En su mirada dolor, pero también misterio. ¿Qué acontecía con él? ¿Cuál era su historia? ¿Podría llegar a develarla? Por allí por la mitad del juego de seducción más extraño del que alguna vez participé pude conocerlo entre juegos y risas, todo a su tiempo.

Así fue que un día lo recibí con toda mi cara pintada de mil colores. No se encontraba bien y no se caracteriza por ser un libro de rápida lectura. El encierro afecta en más de una manera.

Mi cara cubierta de colores.

Hace cinco meses, ya casi seis, que con el corazón en la mano cruzó por unas puertas azules. Voluntariamente se entregó a la internación y al encierro. Precisaba ser un padre distinto al que él tuvo para su niño de 3 años. Su pasado de drogas y alcohol no lo ayudaban.

Perdió a su madre a los 12 años, llevándose consigo su infancia. A los 13 llegó el alcohol y la marihuana. A los 15 la cocaína. En su brazo una cicatriz. No comprendo todo lo que “fala” por las diferencias de idioma. Un vidrio o algo por estilo, alguien se lo clavó. Me contó de golpes, abandono. La vida es una cárcel con las puertas abiertas.

Jugamos, como niños. Volvió a sonreír. ¡Que hermoso que fue! Es paz, es alegría, juro que no es el mismo que cuando llegué. Esos ojos, cambiaron. Me gustan, no puedo dejar de mirarlos. Mi siberiano azul.

Su libertad se aproxima, la ansiedad ya no lo atormenta. Su ala ya no sangra y está próximo a volar. Sólo dos semanas más.

Hace unos dias me dedicó un gol, corrió conformando un corazón con sus manos. No pude festejarlo. Antes que nada soy Argentina y jugó para Brasil. Sigo sin poder besarlo. Su tratamiento se termina, pero también mi intercambio. Puede salir los domingos, pero este yo ya voy a estar recordándolo desde mi querida Mendoza. ¿A que sabrán sus labios?

La despedida.

Nuestro último día juntos y no sabría que iba a ser lo que más extrañaría. Lo pasamos juntos, no podía ser de otra manera. Estaba en presencia de otra persona, en ningún momento paró de sonreír. Hizo algo muy loco, excesivamente. Mientras lavaba su ropa ambos charlábamos. En un momento, nadie veía, nadie estaba cerca y encontró ese instante para arriesgarse. Me besó, con labios que no sabían a despedida. Lo quise matar, fue capaz de poner en juego su alta por mi. Y a su vez no pude haber sido más feliz.

Pero no te quedes con una historia contada. Animate hoy mismo a descubrir tu propia historia.

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