¿Con qué palabras uno puede describir la experiencia más hermosa de su vida?

Recuerdo el momento que elegí mi proyecto. Leyendo sobre los objetivos de desarrollo sostenibles de la ONU, el que más llamó mi atención fue la reducción de las desigualdades.

Reducción de las desigualdades

Durante mucho tiempo realicé trabajos sociales en mi ciudad, comprometiéndome con causas que me identificaran, y eso fue lo que hizo que me diera cuenta de que NOS era mi proyecto ideal.

Participar de dinámicas y compartir momentos con chicos que no tienen las mismas posibilidades que otros. Conocer las difíciles situaciones que tuvieron que afrontar a su corta edad. Y trabajar justamente para ayudar a estas maravillosas organizaciones, que se esfuerzan por brindarles contención y devolverles la sonrisa e ilusión.

Conocé la historia de Vito haciendo click acá. Ella también eligió el proyecto NOS, pero prefirió hacerlo en la ciudad de Brasilia.

Antes de viajar a mi ciudad de destino me puse como meta clara dejar algo, sin importar que. Porque en realidad es a lo que creo que vamos, a plantar una semillita en la vida de cada persona con la que nos relacionemos en esa aventura.

La experiencia de voluntariado la viví en Vitória, Espírito Santo, Brasil. Un lugar donde los únicos turistas éramos los mismos intercambistas. Con morros, playas hermosas y sobre todo con una calidez que te hace sentir parte de ella.

Vitória, Brasil

La primera vez que viajamos hasta la terminal Jardim América. Ahí nos estaba esperando la representante de AIESEC, quien luego nos acompañaría hasta la organización. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar al llegar.

Sabía que mi proyecto consistía en trabajar en la Asociación Amor e Vida, pero significó mucho más que eso. Ese día a las 12 del mediodía comenzaron a llegar todas las “crianças” y, como no podía ser diferente, nos recibieron con afecto, risas y un carnaval.

Associação Amor e Vida

Un carnaval en el cual obviamente mis compañeras Stefanía y Noemi (la francesa), e incluido yo no sabíamos para donde escapar de los baldes de agua con los que los chicos nos corrían de un lado a otro.

Al final del día los educadores nos citaron en la terminal para comenzar nuestro viaje hacia la segunda sede de esta hermosa asociación, en Limão. Donde nuevamente nos encontraríamos con nuevas historias, aunque con el mismo afecto, y un lugar cautivante que parecía una selva natural.

Después de horas de comer frutas y recorrer cada rincón de ese enorme parque, nos sentamos a conocernos un poco más bajo la sombra de un gran árbol.

Cada asociación era completamente diferente, cada chico, cada educador, cada historia, cada actividad que hacíamos con ellos. Ver que de a poco esa meta que me había puesto antes de despegar de Ezeiza se cumplía, la semilla se estaba plantando y sabía que iba a dar unos frutos increíbles.

Pero como en todos los viajes, conocés personas, haces amigos, y la mejor parte es que estaban ahí viviendo eso con vos. Cada cosa que nos pasaba la compartíamos como si hubiéramos descubierto un nuevo planeta, dándole un valor inmenso.

Los únicos problemas que teníamos era no saber que música mostrarles a los chicos, o cual era la mejor forma de comunicarnos con ellos, porque la mayoría de nosotros habíamos viajado sin saber nada de portugués, pero con la fortaleza para derribar esos miedos y barreras.

Día en la piscina

Los días pasaban y cada vez era más lindo levantarse temprano sabiendo que íbamos a ver a los chicos, que nos iban a contar sus historias, que íbamos a reírnos con ellos, a jugar, a sacarlos por un momento de su realidad y hacerlos sentir niños nuevamente en muchos casos.

Otra anécdota que recuerdo es el día en la piscina con ellos, lo gratificante que fue enseñarles a nadar a algunos, darles ese pequeño empujón y saber que cada “obrigado” y cada abrazo era lo más genuino y hermoso a la vez.

También me tocó vivir el carnaval en Brasil, pero no en cualquier lado de Brasil. Ya que en esos días no debía trabajar en la ONG, nos fuimos con un grupo de argentinos a uno de los mejores carnavales brasileros de Espírito Santo, el carnaval de Guarapari.

Éramos 20 personas conviviendo casi una semana juntos, en la misma casa, compartiendo nuestras anécdotas, charlas, risas y experiencias de un viaje increíble.

Cuando me quise acordar ya estaba nuevamente en el aeropuerto de Vitória, con la valija despachada y esperando el avión para volver a Buenos Aires.

Todavía recuerdo las despedidas en la asociación, donde con los chicos completamos y le dimos Amor e Vida a un árbol seco. Sí, hicimos eso, le dimos vida, amor y color a un árbol seco, y Stefanía con su origami logro cosas maravillosas.

Despedida en la asociación

Después nos tocó la despedida en la otra sede de Amor e Vida, donde nos agasajaron con un banquete bien típico de Brasil. Lloramos, pero no de tristeza, de felicidad por haber conocido cada una de esas historias.

La última noche llegaba, el viaje se terminaba. Y para darle un cierre como se lo merecía decidimos juntarnos todos los intercambistas que quedábamos, recordar a esas personas que ya habían partido en su avión y estaban nuevamente en sus casas. En menos de 24hs íbamos a ser nosotros.

Recordar esa semana de carnaval, ese amanecer en la playa, esa visita a la aldea indígena en Aracruz, cada mateada donde poníamos en común lo que nos pasaba. Éramos una gran familia, un grupo de terapia donde mutuamente nos dábamos fuerza y apoyo.

Afecto, risas y un carnaval en Vitória

Conocí personas increíbles que hoy puedo llamar amigos, porque eso es lo más lindo que te queda de estos viajes. Los amigos que son de tu mismo país, pero que el destino te llevo a encontrarlos en otro lugar, y también aquellos amigos del resto del mundo.

Personas que te presentaron esa cultura hermosa de la que te nutriste, de la que fuiste parte durante esas 6 semanas, que parece mucho tiempo, pero créeme que sentirás que no alcanza para nada.

Este viaje fue único, esta experiencia es irremplazable. La sensación de que estás haciendo algo por el otro y recibir tanto cariño a cambio, hace que todo el esfuerzo valga la pena.

– Jose Scarano, Voluntario Global en Brasil

 

¿Qué excusa tenés vos para no convertirte en un Voluntario Global?

¡Animate a vivirlo!