AIESEC Argentina
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Era 15 de enero de 2018, me encontraba en un lugar tan distante como extraño. Una dimensión paralela donde todo era igual, pero a la vez distinto. Tenía poco manejo del portugués. Complicado, ya que estaba en Brasil. Entre campos de soja y algunas plantaciones de café. Tras una puerta azul de inmensas proporciones. Junto a un enorme árbol de mangos, no te distraigas que pueden caerte encima. Hice alfajores de maicena, con dulce de leche argentino. Los estaba compartiendo con los internos, pero Matheus se rehusó a probarlos.

Llamó mucho mi atención. Eran la sensación entre los 18 confinados por propia voluntad en aquel centro de rehabilitación de adicciones en Londrina, Brasil. ¿”Por que voce no quere?”. Pregunté. “No puedo comer. La abstinencia me está matando”. Me contestó en un portugués lleno de jerga. 4 días sin consumir, 3 sin comer, 2 sin dormir.

Cicatrices cubrían sus brazos, también su cuello. Era imposible ocultar las marcas de sus cortes. Sus manos temblaban. Llenas de movimientos involuntarios. Un cuerpo que pedía expresamente de esa sustancia, que activa, que lo hacía sentir vivo. Intentaba acabar con esa sensación. Los tomé y pararon. Pareció gustarle. “Tranquilo, yo te agarro”. Lo abracé. No se si lo necesitaba yo más que el.

Frente a una mujer blanca como la nieve cayó. “Pala”, “fafafa”, “alita de mosca”, cocaína. Un día la vida le dijo matar o morir. Era él o su adicción y decidió intentarlo. Armó su bolso. Tomó el 121 Limoeiro, caminó por 25 minutos. Y se internó por propia voluntad, buscando una salida: Recuperar su vida.

Los días pasaron, las semanas también. Él apostó a que no llegaba al mes. Pero lo hizo. Entre subas y bajas. Recuperó el apetito, volvió a dormir. Partí de ese lugar hace tiempo. Más continúo en contacto. En 4 meses llegará su alta. No conozco el ganador de esta lucha pero sé que él lleva la delantera.

Un intercambio no es un viaje de turismo. O, lo es… pero por el por el interior de uno mismo. Estamos en un borde entre dos vidas. La del adulto que deseamos ser y la del adolescente al que no queremos dejar ir. Tenemos sueños que no siempre sentimos propios, o de los que dudamos en ocasiones.

Con mis amigos, todos estudiantes  de Medicina  mendocinos. Buscábamos y escogimos el proyecto por las habilidades que podíamos adquirir. El trabajar con personas es algo realmente complicado. Debes de mostrarte empático, comprensivo y atento. Pero a su vez el saber hasta donde realmente puedes hacer algo. Un centro de rehabilitación en Brasil parecía el mejor lugar para adquirir lo necesario para ser el profesional que queremos ser. Que está próximo. A 3 materias.

Aprendimos tanto. Tremenda dosis de realidad, comprendimos que no podemos controlar todo. Que hay cosas que escapan de nuestras manos. Podíamos ser un consuelo para ellos, pero no darles un hogar a quienes vivían en la calle. Por 6 semanas jugamos tanto como los escuchamos. Encontraban entre las clases de español y las palestras herramientas para sobrevivir el encierro y callar por un momento la ansiedad presente en cada uno de sus días.

Vivimos a ojos cerrados, sin conocer las vidas que se encuentran cerca. Sólo el 2% de la población mundial tiene un techo, agua, comida, ropa limpia y acceso a educación. Siento más que nunca que no podré arrepentirme de haber convivido con personas sin mis mismas oportunidades. Es increíble como la falta de estas pueden condenar a una persona. Comprendí que es momento de que las aprovechemos en la ayuda de otros. Te invito a trabajar por los objetivos del desarrollo sostenible viajando por el país que elijas. Para más información hace click acá.

 

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