AIESEC Argentina
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-El mundo es eso – reveló-.

Un montón de gente, un mar de fueguitos. 

Eduardo Galeano.


   El avión estaba a punto de aterrizar en Ezeiza Buenos Aires– cuando Erika miró por la ventanilla y vió las luces que se escapaban de la ciudad. Sabía que tenía que tomar un colectivo, o bus como le dicen en su Colombia natal, para llegar a su destino: La Plata.

Allí la estarían esperando con los brazos abiertos, para trabajar por los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la ONG “Resaca Solidaria”.

El camino la encontró en un manejo de nervios y ansiedad por conocer todo lo que la estaba esperando. Y entonces,  los árboles de las plazas y las calles con números comenzaron hacerse visibles al igual que esa sensación en la panza, la misma de cuando el carrito de la montaña rusa está en la cresta y se detiene por un segundo,  para aumentar el suspenso y luego dejarse caer. Esa sensación frente a lo que se avecina, a lo nuevo, a lo desconocido.

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Cuando uno tiene la oportunidad de salir de su ciudad, de su zona de confort, incluso de su país, empieza a interpretar todo lo que lo rodea de una manera completamente diferente. Hasta el tiempo pareciera transcurrir distinto.

“Es algo que se vive solo con AIESEC, llena mucho y vale la pena. Porque uno ve la vida de otra forma y entiende la cultura de los demás estando allá, hasta que uno no vive con otras personas no comprende muchas cosas.” Recordará Erika, al finalizar su experiencia.

Y fué ahí donde el mundo se hizo pequeño y los aquellos otros países que parecen lejanos, llegaron en forma de nuevos amigos, de voluntarios brasileros, colombianos, mexicanos y por supuesto, argentinos.

Así comprendió que no hay nada que una más a las personas que el poder de la palabra, que el poder del diálogo. Que no importa la cultura, el idioma, la tradición o los colores de cada bandera, cuando se trabaja en conjunto se trabaja por un bien en común.

Cuando uno está de viaje, los cinco sentidos se despiertan y las ganas de conocer lo nuevo se hacen grandes. El mate, por ejemplo. Jamás había visto algo que se comparta tanto,  casi como si fuera un medio de comunicación.

En las reuniones de voluntarios, en la fundación donde trabajó seis semanas, en las plazas alrededor de una guitarra, todo se conectaba a través del mate.

Todas sus inseguridades y miedos se evaporaron después de tomar el primer sorbo. Aunque, por cierto, el sabor amargo de la yerba tardó en saber rico. Y es que, no son los yuyos ni el agüita caliente lo que cautiva.

“Es un espacio valioso, donde se encuentran las personas a hablar y no mirando la pantalla del celular”.

Erika vivió su experiencia de voluntariado, sintió el impacto que pudo generar en la fundación donde trabajo 6 semanas y conoció la cultura como una local. Regreso a casa con unas ganas inmensas de seguir recorriendo el país, porque en su propia experiencia, el 50% de lo que te regala AIESEC son esas ganas inmensas de viajar y conocer el mundo. Y el otro 50% lo guarda, como un tesoro preciado, en un aprendizaje que desea replicar y que más personas tengan la oportunidad de poder disfrutarlo.

Y ahora de regreso en Colombia, Erika sabe que su vida no cambió. En su casa la espera su familia, su mascota, su universidad y sus amigos. Pero lo que sí sabe, es que su percepción del mundo sí lo hizo y que de ahora en más, es voluntaria para siempre.

Y vos ¿Qué estás esperando para vivir tu propia historia? 

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