AIESEC Argentina
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Todo intercambio con AIESEC termina con una promesa y más de un corazón roto. Volveremos a vernos. Es imposible no pronunciar estas palabras sin un gusto a poco y un sabor amargo a vacío. ¿Será real?

Nos conocimos.

Fui coordinadora del intercambio de 14 personas de diferentes hablas, países y nacionalidades. Fui la guía turística, la cuidadora y hasta en ocasiones un ángel de la guarda. Estuve en los baibenes, tristezas y alegrías. Siempre queriendo que se lleven un hermoso recuerdo de estas calles que amo con mi vida.

La nieve caía sobre los edificios como hacía 3 años que no pasaba. Si la montaña te recibe de esa forma no podes irte. Esto si es una realidad, o es el pensamiento de quienes vivimos donde el suelo toca el cielo. Se fueron, pero con ellos también pequeñas partes de mi corazón y la certeza de mi tarea era que aquellas palabras alguna vez pronunciadas fueran reales y no vacías.

Pasaron los meses, mucho más lento que nuestro tiempo juntos. Teníamos una hermosa amistad, digna de ser coronada con horas extras.

Mis chiquitos, oriundos de México, Ecuador, Nicaragua, pero su gran mayoría de Brasil. Ya tenía mis pasajes para este último país y también mi contrato de voluntariado firmado, mi ONG ya me esperaba. Más era en un estado distinto a en el que ellos residían. Pero cercano al de Aline,Bruno y Lucas. Oriundos de distintas ciudades de Sao Paulo, habíamos formado una hermosa amistad durante sus estadías en Mendoza.

Estaba emocionada y a la vez feliz de que se avecinaba mi intercambio. Encontré la forma perfecta de calmar mis miedos alojando a un hermano del país al que iba. Paulo de Sao Paulo. Me adentré en el idioma y recibí no solo un curso intensivo de cultura, sino también la calma que necesitaba. Siempre aumentando mis expectativas y sentimientos.

Comenzaban las 15 horas de colectivo mejor invertidas de mi vida.

Lágrimas de felicidad.

Llegué a Paraná, Brasil. Por mi tiempo allá no pude parar de pensar en que necesitaba volver a verlos. Y tras algunas semanas se me dio la oportunidad perfecta. Era el cumpleaños de la madre de Lucas y tenía invitación.

Tomé un colectivo a Piracicaba, SP. Y tuve una recibida mejor a la que podría haber imaginado. Llegué 5:45hrs de un sábado a aquella ciudad de nombre extraño para mi. Confieso haberle mentido a Aline, ella pensó que mi hora de llegada era otra. Se encontraba en la fiesta de egresados de su amiga y su madre quería ir a buscarme. No estaba en mis planes ser una molestia o hacer que se levantara tan temprano. Se hicieron las 7 de la mañana y envié ese hermoso Whatsapp que anunciaba mi presencia en la terminal de ómnibus.

Tras algunos minutos tomé mi libro en portugués y me senté a desayunar en ese lugar. Algo quiso que rotara mi cabeza hacia mi izquierda. Allí estaba ella, corriendo a mi encuentro con los ojos rojos llenos de lagrimas. Nos fundimos en un abrazo único. Lloramos, pero de felicidad. La promesa fue real y se estaba cumpliendo.

Comenzando el reencuentro.

El reencuentro.

Concurrí a su casa, fui obligada a volver a desayunar. Conocí a su perra y la amé. A su madre, a su padre, esa persona de la que alguna vez habían escuchado realmente existía. Tomamos una siesta y continuamos, el reencuentro recién comenzaba.

Nos subimos a su auto, sus padres nos llevarían a otra ciudad cercana, Sorocaba, SP. Entramos al barrio y nos dirigimos al zoom. Allí estaban Bruno Y Lucas esperándonos. No podía contener mi alegría.

Bailé como nunca, experimenté capirinha de más frutas de las que puedo recordar. Y llegó una vez más la despedida. Aline volvería a su ciudad y yo realmente no sabía si ir con ella o quedarme allí. Desistí de Piracicaba y seguí en Sorocaba, tenía la oportunidad de al despertar ir a Sao Paulo, el gigante de cemento.

De derecha a izquierda, Lucas, Bruno, Aline y yo.

Los granos de arena caían en el reloj,mi tiempo estaba contado. Después de muchas horas de reír y disfrutar la cercanía a esas personas que amo fuimos a un boliche cercano. Fue un domingo completo a puro Sertanejo y Funky. Recordamos las “Pingas”, toc tocs mata frío en Mendoza.

Nos levantamos y tras ello, un almuerzo brasileño con todas las letras. Strogonoff, extraña combinación de arroz, papas fritas y carne. Cargamos mochilas y seguimos viaje.

Bruno dormía por los vestigios de una tarde y noche llena de risas y baile, Lucas manejaba y yo, cual perro, miraba por la ventana intentando guardar en mi memoria cada una de las vistas. Y ocurrió, llegó esa señal que me diría que debía volver a ese lugar. Pasábamos por el trópico de capricornio (Si, cruza uno de los ingresos a esa enorme ciudad) y una replica gigante y anatómica de un corazón nos adelantó por la derecha. Allí fue cuando el mío se partió una vez más e hice otra promesa.

Se venía una difícil decisión. 3 horas en Sao Paulo ¿Qué quería conocer?. ¿Av. Paulista o Arena Corinthians?. Y fue la segunda. Exageradamente imponente tenía que estar ahí, tomamos el metro derecho a Itaquera. Entré al campo, me sentí un jugador. Lucas conocía más la historia del estadio que la propia guía. Que “legal”.

Arena Corinthians, imponente.

Nacieron más promesas.

Así como les conté que todo intercambio con AIESEC termina con una promesa, que hoy sé que no es vacía ni tiene gusto amargo, el mio no iba a ser la excepción. Nos veremos en julio en Santa Fe, van a conocer mi provincia adoptiva y concurriremos a ver un partido de Rosario Central. Definitivamente obligados deberán de ir a vermi estadio. Tatenguera de la cuna hasta el cajón.

En febrero es mi vuelta. Se celebra la fiesta de egresados de Aline y prometí llevar ami hermano para que continúen esa historia de amor que algún día comenzaron.

Del estado de Sao Paulo quiero continuar a otros lugares, sigo alojando en mi departamento y conociendo personas alas que también prometo. Este viaje tendrá que ser efectivo. Todavía hay partes de mi corazón en Mina Gerais y Espíritu Santo. Gabriel, Samuel, Isabella, Helena, siguen ustedes. ¡Ya muero de ganas de verlos!. Luego Quito y Mexico. Tantos hermanos dispersados por el mundo.

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