AIESEC Argentina
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AIESEC es liderazgo. Y nos enorgullecemos de heroes sin capa ni espada. Personas que sobresalen por su carisma, su habilidad, talento y fuerza ante la adversidad. Seres con una meta y ganas de cumplirla. Como continuamos adentrandonos en un mes en que reconocemos el valor del género femenino les traje a alguien especial para mi por ser un ejemplo. Esa mujer con todas las letras que quizás jamás resaltó entre una multitud.

El fuego comenzó a formar a la líder.

Un buen lider es capaz de orientanse a soluciones, manteniendose positivo aún en la incertidumbre. Tiempo atrás, demasiado tiempo atrás, una guerra azotó el mundo. Marcando a todas y cada una de las personas involucradas. Ella era una niña y la muerte la tocó desde pequeña.

Un día caminaba a cursar, ya no habían escuelas. Más la esperanza de que todo terminaría llevaba a monjas a enseñar en búnkeres. Caminaba junto a su amiga para llegar a uno de estos. Un casabombarderos disparó contra unas rocas, estas cayeron sobre una pequeña, separando su alma de su pequeño cuerpo. Lo vio todo.

El tiempo pasa y nos hacemos viejos. Esa guerra terminó, junto con su inocencia. Pero para dar paso a otra, la segunda guerra mundial. Vio a su padre cruzar la puerta uniformado, sin saber si volvería con vida. Mussolini lo esperaba para enviarlo a África a combatir, en contra de su voluntad.

Dejó su país atrás.

Tras su vuelta buscaron paz, en un país por demás lejano. Argentina, el granero del mundo. Todavía se creía que en nuestras aguas había plata. ¡Que metal preciado!. Más no era este elemento su fin, era el vivir sin preocuparse por bombas estallando, ni por sus vidas en riesgo.

Ella vino desde Torino, Italia, sin saber nuestro idioma y con lo puesto, simplemente huyendo. Llegó a una ciudad en Santa Fe, Santo Thomé. Pasaron unos años y conoció al amor de su vida, Humberto Zanetta. Pero la mala suerte estaba muy lejos de acabar y tras casarse queda viuda, embarazada y con una hija de 8 meses que alimentar. Encontrándose en una situación inimaginable.

Salió adelante como pudo, con clases de piano y de italiano. Cuando su situación mejoró terminó la escuela primaria e hizo sus estudios secundarios. Siempre con una frase resonando en su cabeza “Debo ser un ejemplo para mis hijos”. Y así lo fue. Siempre positiva ante cualquier problema que pudiese aparecer, respiró y continuó en cada una de las trabas que le puso su vida.

Incentivó a sus hijos a estudiar, llevandólos a ser los primeros con educación de grado en la familia. Carlos el veterinario especialista en cuadrúpedos grandes y Teniente Coronel del Ejercito Argentino, quien posteriormente se desempeñaría como jefe de bromatología en Haití junto con Cascos Azules. Y Rosa Cristina, contadora pública nacional, con una profunda conciencia social.

Su legado.

Llegó el día de su fallecimiento hace 13 años. Tras pelear con una enfermedad exclusivamente femenina, un cáncer de mama que terminó su existencia terrenal.

Se fue, pero no vencida. Fue cónsul de Italia en Santa Fe, puesto que luego le dejaría a su hija. Y logró superar cada una de sus adversidades. Una mujer ejemplo de fortaleza partía, enseñándonos con que con voluntad y perseverancia se llega muy lejos. Pasó del analfabetismo a ser quien se desempeñara en un rol único en la provincia que la adoptó, sirviendo aún a su país.

Ella fue mi abuela, mi luz. Cada vez que caigo o siento que no puedo con algo me miro al espejo. Tengo la suerte de tener su cara. Y frente a este artefacto me pregunto. Si ella pudo… ¿Será que yo también?.

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