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   Abro los ojos, me despierto y estiro mi cuerpo que descansa en un sommier. Miro mi celular, recorro las redes sociales y me levanto. Abro la heladera, la alacena y prendo la cocina: la comida está lista para no dejar a mi panza crujir del hambre. Me siento en una mesa y desayuno. Prendo la ducha y me baño con agua tibia, salgo y me visto con ropa limpia. Abro la puerta de mi casa y una ráfaga de viento frío queda atrapa fuera de mi abrigada campera.

Antes de llegar a la parada del colectivo, cruzo la calle y veo un hombre que duerme entre cartones y una sábana vieja. Sigo mi paso y me subo al ómnibus, atrás mio hay una nena de no más de ocho años con su hermano menor a upa, y una caja con pañuelitos de papel para vender. Me siento atrás de una señora y un nene de la misma edad que la vendedora de pañuelitos, que juega con un auto de plástico. Creo que tiene el uniforme del colegio.

La señora agarra fuerte su cartera, mira para el lado de la ventana cuando le ofrecen el paquete de carilinas y le advierte a su hijo que guarde el juguete.

La nena le dice gracias al chófer del colectivo, y el la hace bajar unas cuadras después sin vender nada. Yo me bajo a las tres cuadras, antes de llegar a la facultad, sin pensar que nací en el mundo de los privilegiados.

Una escena que vemos todos los días. En nuestro barrio, en nuestra ciudad, de camino al trabajo o a la facultad. Parece ser parte de la misma cotidianidad.

¿Te parece familiar? No, porque se repite tanto que incluso, nos acostumbramos a vivir con eso.

¿Por qué parece que la pobreza no nos asombra? ¿En qué momento nos dejó de sorprender ver a un ser humano durmiendo en la calle o a una nena trabajando en vez de jugar o ir a la escuela?

Según el último censo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, América Latina tiene un porcentaje de 30,7% de pobres. Quiere decir que, aproximadamente 30 personas de cada 100 no acceden a las mismas posibilidades que las otras 70.

Pareciera que la pobreza nos incomoda tanto, que preferimos hacerla invisible y esconderla, como la tierra debajo de la alfombra.

Vivimos en una sociedad que cada vez más nos individualiza, busca la manera de atraparnos dentro de una oficina, de una computadora o en las redes de un teléfono celular. Entonces, no podemos ver más allá de nuestro propio ombligo y los únicos problemas que vemos son pequeñas gotas que nos ahogan en un vaso de agua.

Yo también viví mucho tiempo con los ojos vendados, y no era capaz de ver más que mi propia realidad. Pero un día, gracias a una compañera de la facultad, me acerqué a uno de los barrios más humildes de la ciudad en la que viví y estudié por mucho tiempo. El objetivo de las intervenciones, que tenían lugar toda la tarde del sábado, era poder donar un granito de arena con tareas muy simples. Porque el motivo principal era simple: ayudar.

Todas las tardes en las que volví del barrio a mi casa, me sentí afortunada. Y quizás no pude cambiar la realidad de todos los chicos con los que compartí una taza de chocolatada, o unos mates dulces con bizcochitos, pero si cambiaron la mía. Porque, me enseñaron algo que parece que a veces se nos olvida, y es el acto de compartir. En calzarnos los mismos zapatos y ponerlos en el mismo lugar. De sentarnos en la misma mesa, mirarnos a los ojos y regalarnos un momento. Ese, en el que con lo poco que tenemos, nos damos mucho.

A veces solo hace falta poner el cuerpo, un poco de nosotros mismos, para hacer visible lo que parece invisible y construir una palabra que no sea pisoteada por el individualismo: un nosotros.

Nadie cambia el mundo detrás de una pantalla, escribiendo lo mal que están las cosas, o a través de un discurso moralista. El mundo lo cambia la gente que hace, y que al hacer, toma la convicción y el amor de creer que se puede.

Es muy cómodo quejarse, pero hay que tomar coraje para plantarse y decir: hasta acá. Yo tengo tengo la posibilidad de cambiar algo, porque nací con todas las oportunidades, que al 30% de la población le falta.

"Cuando el poder del amor sobrepase 
el amor por el poder el mundo conocerá 
la paz"

¿Qué hacemos entonces?

 

Elegimos ser voluntarios, porque todas esas enormes oportunidades que la vida nos regaló, fueron para hacernos lo suficientemente fuertes para luchar por que otros las tengan.

Y quizás aquellos que creemos parezcamos soñadores, porque sí, lo somos. Soñamos con tener un mundo más justo y más igual, pero déjame decirte -como diría el gran John Lennon- que no somos los únicos.

 

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