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México, lo que no todos ven

Debo aceptar que el amor que siento por México y por todas sus personas es tan grande que no me alcanzan ni todas las palabras del  mundo para expresarlo.

Mi historia en México

Decidí irme de intercambio a México el 18 de Noviembre de 2016, particularmente a Mérida. Es una ciudad hermosa. Tiene un dejo de las ciudades coloniales, del tiempo en que Hernán Cortes y otros españoles pasaron por México para “conquistar América”. Pero como toda ciudad hermosa, tiene su lado oscuro. O lado que no todos lo ven, tal vez porque prefieren ignorarlo o no son conscientes de que existe.

Así me paso, durante las siete semanas que estuve en México, especialmente en Mérida, me di cuenta de que la famosa “ciudad blanca” era perfecta en muchos sentidos.  Colorida, un ambiente totalmente desafiante por la comida y tal vez la cultura, pero sin lugar a duda, el  mejor lugar para hacer un intercambio que hubiera podido elegir en mi vida.

Mi proyecto

Mi proyecto fue algo caótico, pero si de algo me di cuenta, es que la realidad que azota al sur de Mérida, es semejante a la realidad que pueden vivir muchas personas en mi propia ciudad, acá en Argentina.

Me faltaban dos semanas para terminar, y acepté ir a una fundación de abuelos que no solo fueron dejados por sus familias, sino también por el gobierno. La primera impresión que tuve ese día, fue que no había forma de que la sociedad fuera tan inhumana, como para dejar a esas personas así de esa manera.

Y ahí fue cuando me di cuenta de que eso no sólo pasaba en México, sino que pasaba en todos lados, cuando en mi proyecto en Colombia, me vi presenciando la misma realidad.

Un hombre sordo que se desvivía por intentar comunicarse y que se le entendiera. Una mujer esquizofrénica y otra con tal nivel de Parkinson, que era imposible que se moviera. La demencia senil de algunos llegaba a tal extremo, que asustaba a los demás.

Pero no a mí. Porque esa realidad no era una que me pareciera ajena ya. Esa realidad la veo acá en Argentina, pero me impactó muchísimo verla y vivirla en carne propia durante mis proyectos. En ese caso, ayudar es lo mejor que pude hacer. Esos abuelos tal vez no me recuerden pero yo lo hago. Y todos los días trabajo para que esa realidad cambie.

Aun así, más allá de todo. Haya sido mi proyecto el mejor de todos o no,  ese no es el caso. Mérida fue el lugar que me adopto como si fuera una mexicana más. No tengo más que agradecerle a Mérida, por todas las cosas. Inclusive todas mis lágrimas no fueron en vano. Porque estando ahí, crecí, me convertí en una Luciana que ni yo misma había conocido antes, más fuerte, más animada, más desafiante.

Autodescubrirse

“La naturaleza no conoce límites, y es cierto. Y yo tampoco…”

Afortunadamente me di cuenta de que la experiencia no era solo “ir a hacer el proyecto” por el que había firmado un contrato. Una experiencia con AIESEC no se trata solamente de ir a trabajar por un objetivo de Desarrollo Sostenible, o impactar en una ONG. La experiencia va más allá de eso y comienza apenas pones un pie en el lugar que te va a adoptar por seis semanas.

Durante mis últimas semanas en México, encontré esta frase “La naturaleza no conoce límites”, y es cierto. Y yo tampoco, por eso me permití vivir esta experiencia. Una experiencia que me cambio, porque ya no soy la misma Luchi de antes.

Luciana Otonello

 

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