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 Hace poco te contamos la historia de Nuri, una joven misionera que emprendió viaje hacia Brasil. Pero no lo hizo en un All Inclusive, ni en un hotel con vista al mar y desayuno americano con un par de estrellas, ni siquiera como una simple turista. Ella eligió calzarse la mochila al hombro, y volar desde Posadas hasta João Pessoa por un propósito, por una meta mucho más grande de lo que pudo imaginar.

 

También te contamos acerca de todos los miedos que nos atrapan antes de viajar, de las incertidumbres y de los nervios, pero hoy nos abrimos a transitar con ella, quizás, la parte más difícil: la despedida.

¿Qué pasa cuando nos toca irnos?

Durante todo su voluntariado, Nuria abrió los ojos con el despertador de las siete, siete y media de la mañana para partir a CESAC, el Centro Educativo de Santa Clara. Allí la esperaban con el café de la mañana o café da manhã –como se dice en Brasil- listo para comenzar una nueva jornada y las enormes ganas de hacer.

Cada día era una nueva oportunidad para ocuparse de lo que realmente necesitan los niños y las niñas que viven en vulnerabilidad: jugar, reír, comer y aprender.


Ella lo cuenta: “Las últimas tres semanas viví prácticamente en la ONG. Mi proyecto último fue hacer una obra de teatro, y por eso me quedaba hasta el cierre. Me iba de vuelta a casa en el colectivo con las maestras y las cocineras. Lo sentí más”.
Las ojotas se gastaron de caminar entre tantas playas y recorridos, los ojos se humedecieron ante los más hermosos paisajes, los bolsillos se vaciaron entre caipirinhas y cervezas compartidas con otros intercambistas, y la panza se llenó de nuevos sabores. Pero lo que nunca se agotaron fueron los abrazos y todo el amor que recibió de parte de cada uno de los nenes de la ONG.
Dicen que los jóvenes tenemos inquietud, que en algún momento de nuestras vidas queremos abrir los ojos y sentirnos parte de lo que estamos viendo. Sentirnos más vivos. Elegir ser voluntario, o voluntaria, es tomar conciencia de que una parte nuestra ya no nos pertenece, porque la dejamos vivir en cada una de las vidas que tocamos. Como si fuese una varita de magia, que deja huella.
Hay oportunidades que no se pueden dejar escapar, y una vez que nos subimos a ese tren,
en el vagón de los voluntariados globales emprendemos un camino,
del que no nos podemos bajar.

-¿Y qué me llevo? se pregunta Nuria.
El corazón roto de dejar a estos chicos, porque realmente me dieron un amor increíble y siento que no los abracé lo suficiente, me llevo nuevas amistades de todas partes que, no veo la hora de verlos de nuevo y volver a este lugar, para estar con estos nenes que me robaron el corazón.

Las seis semanas se cumplen y el tiempo parece haber volado, ella se despide con la promesa de jamás olvidar cada una de las caritas que conoció y que guardará en su memoria para siempre. Porque ella lo sabe, todas las personas que se cruzaron en su viaje dejaron una marca imborrable en su corazón.
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