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"La utopía está en el horizonte. 
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. 
¿Entonces para qué sirve la utopía? 
Para eso, sirve para caminar."
Eduardo Galeano

 

A lo largo de todas nuestras vidas tenemos el privilegio de encontramos con personas que sí: que si se animan, que si creen, que si pueden, que si luchan, que si se la juegan. Cuando conocí a Elena me dí cuenta enseguida que era una de esas personas. 

Ella trabaja como docente desde el jardín de infantes hasta la universidad, pero su verdadera vocación está en los títeres. Con su compañía de muñecos llamada Babataky recorre hogares, institutos, penales, hospitales, refugios, escuelas necesitadas, comedores y plazas. 

Desde muy chica, Elena decidió ser voluntaria

Así lo cuenta:

-Cuando cumplí 13 años empecé a proyectar mi secundario, y me encontré con que mis amiguitas estaban proyectando que casa iban a limpiar. ​ Ahí sentí una profunda deuda social, ellas y yo no éramos diferentes pero no cabía duda que estábamos teniendo oportunidades diferentes.

Y en ese momento, en el que decidió ser voluntaria, también eligió a los compañeros que la iban a seguir durante todo su recorrido: los títeres.

En el patio de la pensión donde vivía su abuela, comenzó a interactuar con los muñecos y con los inquilinos, a regalar historias y a compartir una obra. Corría el año 1976 y Argentina estaba inmersa en medio de una de las etapas más oscuras de su historia, donde la libertad de expresión estaba en peligro.

A Elena no le importó, se calzó un bolso de títeres y otro de maquillajes de payaso , y así se presentó en el hospital de Elizalde, donde entró con la idea de visitar a los nenes internados.

-Me preguntaron “¿Te venís a reír de los  chicos?” y yo le dije no, me vengo​ a reir con los chicos​ -recordará Elena, en sus primeros pasos como titiritera.

A pesar de haber obtenido un no como respuesta, no se dio por vencida. Decidió ir a las plazas de Constitución, de Once y de Retiro. Siguió las migas de pan como Hansel y Gretel, paso a paso, y se encontró no solamente dando funciones de títeres, sino buscando una guía de recursos para los chicos: donde encontrar un comedor, donde dormir, en qué hospital se podían atender.

Y así los empezó a seguir.

 

“Soy titiritera. Los títeres son un puente a la imaginación,  amplían las posibilidades expresivas y habilitan otras formas de comunicación”

Esos chicos, espectadores de sus funciones crecieron, pero ella nunca dejó de caminar a su lado. Muchos de aquellos niños en situación de calle terminaron en institutos , incluso algunos la nombraron en penales y ella continuó con la búsqueda de su utopía. Comenzó a dar talleres a personas privadas de su libertad, para crear un espacio de integración.

-Yo les propongo ser voluntarios. Porque nadie puede querer hacer el bien, sino lo probó alguna vez. Así que cuando yo entro (al penal), les propongo algo tan simple como mirarnos a los ojos. No les hago funciones, sino que les propongo crear un espacio en común.

Así los invita a confeccionar sus propios títeres, que terminan en manos de pacientes en terapia intensiva. Dos aislamientos que se unen, para hacer un bien.

Durante el trabajo del proyecto “Alas de paño”, donde Elena les enseñaba a coser y a crear los muñecos, uno de sus alumnos la observó durante un largo rato.

-Caballero ¿Se perdió? -le preguntó Elena.

-Disculpe maestra, si alguien me hubiese mirado así en la vida yo no sé si hubiese terminado en un penal -le respondió a la mujer que cree que una vista gorda, una mirada de ignorancia, destruye.

Las personas sí son las que se despiertan todos los días con una sonrisa, por más de que el panorama que se venga sea gris y se empeñan en trabajar por el otro, por el camino de las migas de pan, por el camino de los sueños.

Las personas si no se quedan pensando en todo el recorrido que les falta, agarran lo que tienen y salen a transformar el mundo.

Elena cierra los ojos en su pequeño departamento que comparte con su hijo y piensa que todo lo que uno da, el universo lo retribuye. Y así recuerda uno de los momentos en que tomo conciencia del impacto que tienen las acciones, cuando se elije ser voluntario, por el solo hecho de dar:

Era uno de los primeros días de marzo y ella corría de un lado a otro, entre conferencias, funciones abiertas y la apertura de las tres cátedras que dirige en la Universidad de Buenos Aires. Se subió a un taxi porque el tiempo y la distancia la obligaban. Pero no subió sola sino, acompañada por su valija que lleva el nombre de Babataky, su gran compañía de muñecos. Saludó al taxista y él la miró impresionado.

-Yo la conozco a usted. Usted se disfraza de payaso y va a los hospitales, lleva títeres.

– Sí, soy yo- le responde ella, con una grata sorpresa.  

Con los ojos llenos de humedad y la mirada puesta en el espejo retrovisor hacia los ojos de Elena le confiesa:

-Gracias a usted la última vez que ví a mi nieto, lo vi sonriendo.

A través de los títeres logra lo que nadie, desde salas de hospitales hasta penales provoca alegría y ganas de soñar. De interactuar con los otros, como una forma de comunicación. De dejar de confiar en las etiquetas que nos imponen, porque tarde o temprano se despegan. De volver a creer que se puede, que todo depende de la utopía. Una utopía que se construye, en el caminar, en la risa que da energía y ganas de seguir luchando.

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